Acá está Víctor Victoria

Leona... de un escrito del 2005

viernes, 29 de enero de 2010

Llego a tu lugar favorito en el universo, a tu ciudad, a tu hogar. Arribo en un vuelo segunda clase; mi mochila viajera azul; una lily dentro de los ojos y el crédito justo para dos viajes en camión. En los ojos, una lily. Una sola.

Es enero, siempre me recuerda algo que hicimos. Localizo el edificio. Aspiro un cigarro hasta casi quemarme los dedos y subo las escaleras. Dudo ante la puerta. ¿Seguirás viviendo aquí? Las piernas y el estomago me tiemblan. Tienes que seguir aquí. Por favor.
Llamo con los nudillos.
—¡Voy!- respondes. Como si fuera ayer.
Respiro hondo. Saco la lily. El corazón amenaza con salirse.
Abres. 
Tres segundos después, el polvo del suelo me hace cosquillas en la nariz, tu pie en mi nuca... la lily en tus manos.
—Eso fue torpe- dices, y retiras el pie.
Logro escalar una silla.  
Pones un florero sin agua sobre la mesa.
—Los años- digo a modo de disculpa.
—No jodas –respondes con ironía.
Recorres la habitación. Dos vueltas completas. Ríes lentamente. Luego, al recobrar la postura normal, toses como si fumaras. El asma. Pienso si te ha dejado en paz.
—Voy a traerte una cerveza. 
Miro por un instante la lily antes de llevar la silla hasta la ventana y congelarme. Reapareces. Hace mucho que dejé la cerveza, con mucho esfuerzo aún como. Acepto el vaso. De todos modos, hasta mi seguro médico está cancelado.
 
Te apoyas en el marco de la ventana. Aún podrías partirle el cuello a un bucanero con esa mirada tuya. Tus labios, seguirán trayéndote placeres. Sigues igual de hermosa. Me pregunto si seguirás trabajando. Sólo tu rostro es una modesta galería de ligeras y discretas arrugas. Risa, asombro, dolor... pensamientos.
—He pensado mucho- afirmas mientras me das la bebida. 
Apoyo el vaso en mi panza de Buda y bajo la cabeza. Esto es lo que soy: panza y traumas. Alguna vez, hace tanto, el mundo tenía sentido... alegría y hasta tristeza.
—El barrio no ha cambiado. Y tú, hasta has pintado el apartamento. Reconozco tus dibujos –digo al pasar el primer trago amargo de cerveza con mi bilis en la lengua.
Volteas y me dices: —Los mismos “graffitis”  y tatuajes durante cuarenta años. Una se cansa y crece con las compañías que maneja. O aún mejor... las que voy creando.
Nos miramos y no podemos desdibujarnos.
—Puedes raspar la pintura si quieres. No es tan buena como aparenta. Quedaste en enseñarme a dibujar –reclamas con sólo mirarme.
Suelto un suspiro. Tu frialdad aseguradora lo evapora mientras preguntas:
—De algo se vive. ¿Y tú?
Sacudo la cabeza —Sólo un imbécil me contrataría a estas alturas. Tú eres otra cosa. Lo llevas en la sangre... de verdad. Desde siempre... siempre.
—¿Entonces?- insistes —¿Integrado a la sociedad?
Eso quisieras ver. Eso quisiera yo. Es una lástima.
—Florencia, Madrid, Japón, México- enumero y nombro sin ganas —Andanzas de seudoestudiantes adulterados. Cinco años guardado. Y pensando en ti.
—No por gusto has perdido la práctica.
Me encojo de hombros. Imagino que empiezo a sobrar en este mundo. En tu mundo. Llevo casi medio siglo con ese presentimiento. Me limpio el sudor de las manos en el pantalón y pregunto:
—¿En qué has pensado?
Pasan diez segundos de kilómetros, tomas aire y respondes:
—En Leona. Y en ti.
Me miras de reojo. Haces bien. Mis manos se han relajado mientras suenan mis dedos, mi respiración es otra.
—¿De verdad la lily es para mi?- Pasan cinco segundos de tu silencio y afirmas –Sabes que siempre me gustaron las flores.
¿Qué puedo responder? La respuesta es obvia. Los detalles estarán siempre presentes. El mundo esta hecho de detalles. Los detalles nos cubren el rostro y van dentro de la sangre y del cuerpo. Me limito y con miedo pregunto:
—¿Ella sigue contigo?
Me enfrentas con rostro de piedra:
—Creí que estaba contigo. ¡Todos estos años...!
—Cuarenta años- puntualizo innecesariamente.
No hay mucho más que decir. Siento ganas de romper mis manos contra la pared pero sin tener que moverme. Desear que las cosas salieran volando y se estrellasen, usar un poder sobrenatural para hacerlo, así de fácil. No tengo ganas de mover ni un dedo. Estoy  muerto.
—Te ves tan cansado.
Vuelvo a mirar afuera. De verdad, este barrio nunca cambia. Los transeúntes parecen los mismos de hace medio siglo. El aire huele igual: a nada. Desde un balcón alguien canta. Conozco esa canción. Solíamos cantarla... voy a hacer una ronda por tu cumpleaños, un poema mil veces por año... Algunas canciones son para siempre. Con más sentido para los muertos en vida.
—Hoy es su cumpleaños- comentas y siento que tu piel se eriza. La mía también. La canción hace eco. Siempre supimos que el mundo era grande. Ahora suponemos que lo es demasiado.
—Me voy- digo al fin.
—Si la ves, llévale mis recuerdos... No, espera- te tocas la cara con las manos, y veo brillar tus ojos —Mejor no le digas nada-
Así opera tu orgullo.
Asiento, levanto mi cuerpo y salgo al pasillo.

Cierras a mis espaldas.

¿Cómo es que nos olvidamos a nosotros mismos?

Dentro de esa habitación se queda la flor en manos de Leona, sin reconocer que es ella misma. La pregunta se vierte sobre ella misma... sin saber, que ella misma... es la respuesta.
De nuevo la calle, mi mochila viajera azul, una lily dentro de los ojos y el crédito justo para dos viajes en camión. En los ojos, una lily. Una sola.

2 Rechiflas o aplausos:

Alma Rosa dijo...

ah esos recuerdos que nos aprietan el alma para luego dejarla en total libertad.... los conozco mijo e igual enero representa momentos importantes en mi vida... algo tiene el primer mes del año que nunca puede pasar de largo.

te quiero mucho

la MaLquEridA dijo...

Los recuerdos son como una piedra atada al cuello, si no desamarras rápido el nudo, corres el riesgo que te arrastre a las profundidades y nunca más puedas salir a flote.

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